Jornaleros la infantería de la manzana

Salvador Moreno Arias

A menos que la persona lo tome directo del árbol y se la coma, el fruto no llega solo hasta ese destino final. Detrás del complejo camino que recorre desde que se cosecha hasta que se consume, hay un sinfín de manos, la mayoría de ellas orgullosamente ásperas por el trabajo cumplido. Son las de los jornaleros, los trabajadores de a pie: la infantería de la manzana.

Y es que si bien el imaginario colectivo tiende a imaginar a un trabajador de un huerto de manzanos exclusivamente “piscando”, esta labor no es única; es, en realidad, la punta de un iceberg que, de acuerdo a testimonios de gente involucrada, da trabajo y ganancias respetables para el resto del año.

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“Póngale que a algunos no les dé para vivir (las labores relacionadas con la manzana), pero sí para sobrevivir”, comenta don José Urquidi, trabajador de una de las tantas huertas que se encuentran desperdigadas en el trayecto de Pedernales a Guerrero y vecino de Páramo de Morelos.

Él no se queja. Dice ganar 250 pesos diarios (más todas las prestaciones de ley) por una jornada de 8 de la mañana a 4 de la tarde. Dicho ingreso, aunado a que posee unas “tierritas” para sembrar y algo de ganado, le da para sacar adelante a su familia, compuesta por su esposa y cinco hijos.

Los 30 años que tiene laborando como jornalero le dan una especie de autoridad para hablar sobre el tema. “No todo es pisca”, confirma. “Por ejemplo, ahorita estamos (tres compañeros y él) recogiendo (plegando) la malla antigranizo, porque ya no hay manzana que proteger. Además, si se deja mucho tiempo la malla, puede quemarse con el sol o romperse con la nieve”.

Posteriormente vendrá el tiempo de “quemar para podar”, mas nada qué ver con la deleznable práctica de la rosa. “Le echan un químico a la hoja (del manzano) para que se caiga y empezar a podar” contesta el experto. Es tanto como hacerle unos arreglos estéticos al árbol antes de “mandarlo a vacacionar” por temporada de invierno. “La poda”, aterriza, “es para que (en la temporada siguiente) el árbol pueda florecer más y dé más fruto”.

Don José toma una manzana y la empieza a rotar. “Después de una cosa (trabajo), inmediatamente sigue la otra. Hay quehacer todo el año, es una vuelta completa”, ilustra.

El señor Urquidi tiene la ventaja de estar relativamente cerca de su casa (a unos diez minutos en una camioneta en buenas condiciones). Pero hay otros jornaleros que poseen fincas en los poblados de la Sierra, pero que por esa condición tienen su hogar a un costado de la huerta.

Margarita Madrid es esposa de Joel Meza. Ambos son originarios de Panalachi, en el municipio de Bocoyna, mas como éste último es un jornalero de tiempo completo en otra de las huertas de la mencionada carretera, tienen varios años viviendo en unas casas habilitadas para los jornaleros y su familia.

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“Él tiene doce años trabajando en esto de la manzana”, comenta Margarita. “Pero tiene cinco años que mandó por nosotros (ella y su pareja de niños mayores). Ahorita él está trabajando. Acaban de recoger la malla y sigue la poda (no todas las huertas hacen lo mismo en el mismo tiempo)”.

En cada casa de ese pequeño complejo de diez o doce fincas vive una familia. Es verdaderamente una especie de fraccionamiento incrustado en pleno corazón del campo chihuahuense. En cierta forma, es una forma de “sueño cumplido”. Casi cada finca tiene un auto a la puerta… aunque sea de modelo atrasado (es más triste andar a pie, dirán algunos), pero tooodas tienen un sistema de televisión satelital de paga. Eso sí, hay otras formas de entretenerse en ese rincón, olvidado de Dios para una amplia mayoría de citadinos.

“Cuando descansa mi esposo, nos vamos a dar una vuelta a Cuauhtémoc, o a Guerrero o a La Junta… siempre hay algo que ver por allá. Aprovechamos para comprar mandado y los niños se dan una vuelta” continúa explicando Margarita.

De acuerdo con ella, Joel gana bien, lo suficiente para mantenerlos de un modo modesto a todos (también tienen un bebé de un mes de nacido). “Esas cuestiones (prestaciones de salud) también están cubiertas” dice la mujer, añadiendo que por ejemplo dio a luz en una clínica de San Juanito.

Sincera, la mujer dice estar feliz en esas  fincas. “No nos falta nada. Tenemos comida y donde dormir. Además, los niños tienen a su papá cerca. Y él está muy contento con lo que hace. Creo que después le toca fumigar y por eso le pagan un poquito más”.

En efecto, dependiendo del sapo es la pedrada. Así lo puede constatar Ricardo Iván Sánchez Amezcua, jornalero de planta en La Norteñita, empresa manzanera de la región que es ejemplo no sólo en el renglón de los negocios. Si a alguien se le hace lejos que un trabajador viva en Páramo de Morelos o en Panalachi, él los supera, pues tiene su domicilio en Acapulco, Guerrero.

Como muchos otros jornaleros, Ricardo vio en el negocio de la manzana una oportunidad de obtener buenos ingresos y un trabajo estable, así que no lo pensó cuando, de camino a su tierra deportado por Nogales, escuchó hablar de la empresa que ha sido su casa (literal, pues vive en un albergue de la misma) durante el último año y medio.

“Son pocos los trabajos donde, además de pagarle a uno muy bien y darle las prestaciones de ley, ofrecen todas las comidas del día, y además albergue para trabajadores foráneos” explica con algo de desenfado, como quien ha encontrado el lugar ideal.

“Además, se gana bien. Ahorita, por lo que estoy haciendo (dando mantenimiento a unos almacenes), me pagan 500 pesos por día, pero varía según la temporada. Lo menos que me ha tocado 250… y cómo no tengo que mantener a nadie (tiene una ex y un hijo ya mayor en los Estados Unidos), pues a mí me sale bueno el ahorro” comenta.

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Añade que junta una buena cantidad de dinero porque su rutina consiste en trabajar y pernoctar en el albergue. Su única parranda, si se le puede llamar así, estriba en comprar una película (de precio barato) para matar una que otra tarde de domingo.

Siendo de Guerrero, un clima más cálido, señala que la única desventaja que ha encontrado por estos lares es el clima fresco, pero nada “que no se quite con un buen par de cobijas”. Por lo demás, le ha encontrado cariño a trabajar entre manzanas.

Tanto, que está buscando una oportunidad, en temporada baja (quizá en invierno, luego de la poda) para ir a cumplir con un par de pendientes a su tierra natal y ver cómo están sus familiares por allá. Pero eso sí, con la seguridad de regresar a laborar en un quehacer que considera más generoso que haberse quedado en “el otro lado”. “Aquí se siente un buen ambiente, allá (con los problemas de Trump) quién sabe cómo la estaría pasando” finaliza.

Estas tres historias apenas reflejan una mínima parte de lo que tiene que pasar un jornalero para tener el sustento cotidiano. Hay más, pues cada uno de ellos es una historia diferente. Algunas con final feliz, otras no tanto, pero todas girando en torno a una manzana.

Mañana: La Norteñita, ejemplo de pujanza.

1 Mes aproximadamente, se lleva el proceso de la pisca

4 Jornaleros son suficientes para trabajar cien metros cuadrados levantando la malla

10 personas en promedio necesita una hectárea para podarse

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